Primero, el almuerzo
Cientos de jóvenes acamparon en el entorno del Instituto Sagasta para “reponer fuerzas”
Una multitud, que no veas, camino del mismo sitio, que era la plaza del Ayuntamiento. Los jóvenes y cuadrillas, cargados de bolsas y bebidas ocuparon los alrededores de la Glorieta del Doctor Zubía y los jardines del Sagasta. Ya tenían guardado el sitio, se colocaron, en su mayoría en círculo y, con unos cartones y unos papeles, como mantel, comenzaron a extraer de las bolsas lo que no está escrito: tortillas, chistorras, jamón, pimientos, bocadillos con anchoas, algunos traían de casa ya cocinados, tapers con carne, trozos de merluza y chuletillas, todo lo imaginable y comestible entre cánticos en un ambiente de lo más sano, hasta minutos antes del cohete. En los alrededores, se vendían pañuelos, granates o azules, a tres euros y, si se regateaba, se los llevaban por dos.
El almuerzo se ha convertido en un clásico, con mucho bullicio juvenil, incluso se veía a más pequeños, que no llegaban a los trece años, como un bautismo y muy cerca los padres. Todo perfecto, con ganas de diversión, ni una pelea, nada. Todo fiesta y fiesta con el estómago lleno, reponiendo fuerzas para el largo sábado.
La glorieta y el entorno del instituto quedaron como para entrar las barredoras y los trabajadores de la limpieza sin temor a aburrirse. Después del cohete, el espacio quedó a punto para que lo disfrutaran la chiquillería , las madres y los padres. Toda la familia y en fiestas.









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